5 de mayo de 2006

El discreto encanto de la burguesí­a

Me llamabas burgués y con razón cuando te contaba cómo organizaba esta maldita reunión internacional que me ha traído un poco loco las últimas semanas e incluso meses, hoteles de cinco estrellas, restaurantes de lujo con terraza con vistas sobre la Castellana y mil detalles más. Y si sólo fuera eso, creo que me he acostumbrado a demasiados pequeños lujos, a la tarjeta plata de Iberia Plus que me han mandado recientemente, a las salas Vip de los aeropuertos, a esos restaurantes elegantes donde a veces me invitan, a la clase preferente en el Ave, al trato exquisito que confieren esos pequeños lujos. Cierto es que mi vida normal es mucho más frugal, que no se me caen los anillos por ir en bus al trabajo con muchos de los inmigrantes que trabajan de jardineros y en el servicio del barrio residencial donde están mis oficinas, que sigo limpiando mi cuarto de baño y comprando en el Dia aunque lo alterne con El Corte Inglés. En parte porque quiero mantener los pies en la tierra, porque no quiero olvidar quien soy y de donde vengo, una familia de clase media sin demasiados acomodos, porque no quiero acostumbrarme a algunos lujos aunque cuando los disfruto parezca un niño con zapatos nuevos, con esa sonrisa estúpida y esos ojos brillantes del que se siente deslumbrado por un estilo de vida que le parecía inalcanzable cuando vivía en los suburbios soñando con ese mundo del papel cuché. Y es que muchas veces tengo la sensación que me he colado en alguno de los reductos de la clase alta española, que en el trabajo, especialmente en algunas multinacionales donde he trabajado y sigo trabajando, existen determinados clanes familiares, algunos apellidos de solera que pesan demasiado y a veces no puedo evitar sentirme como el que se ha infiltrado en un espacio que le pertenece a otros aunque me lo haya ganado a pulso y no me hayan regalado nada. Pero incluso en la parcela más privada, también aquí, poco a poco, se han ido colando algunos caprichos y si puedo compro antes en Massimo Dutti que en Zara aunque sean de la misma compañía, que aunque forzado en parte por las circunstancias hay alguien que limpia las zonas comunes del piso que comparto, que no soy nada sin unas vacaciones en el extranjero todos los años, sin salidas esporádicas al teatro... Caprichos que han llegado para quedarse, y es que resulta tan fácil acostumbrarse al lujo y cuesta tanto volver a la vida austera del principio. Por eso me asusta seguir cayendo en este hedonismo sin sentido e ir añadiendo algunos más, sentir que empiezo a necesitarlos como el aire que respiro, que este tren de vida hay que seguir manteniéndolo, que la locomotora sigue caminando a toda máquina y necesita combustible, cada vez más, para al menos mantener la misma velocidad, el mismo ritmo de vida. Y es que sin pretenderlo me he ido convirtiendo en un pequeño burgués con un nivel de vida más que aceptable y aunque reniego del estilo de vida de muchos de mis compañeros de trabajo, de sus vacaciones en el Caribe, de sus BMW todoterreno, de su vestimenta tan previsible, plagada de caballos y cocodrilos, de su relajada vida en las urbanizaciones que plagan los alrededores de Madrid no puedo evitar haber adoptado alguna de sus costumbres. Aún recuerdo como me miraron con extrañeza mis antiguos compañeros de trabajo cuando aparecí en una cena con una camisa de Ralph Lauren con la bandera americana, era un regalo pero les sorprendió verme con ella y sin embargo ahora ya tengo tres. Es verdad que me costaron muy poco, las compré en oulet pero sé que hace años ni se me habría pasado por la cabeza probármelas. Incluso en la terrible decisión de comprarme un piso aunque opté por una de las zonas menos exclusivas de Madrid, Lavapiés, el barrio de la inmigración, del mestizaje y de la cultura alternativa lo he hecho en uno de las promociones más exclusivas, con todo detalle y una piscina en la terraza que va a ser la envidia del vecindario. Y es que aunque intento no caer en sus terribles garras hay algo de la burguesía que me resulta especialmente atractivo y creo que no son tanto sus placeres sino lo previsible de la vida burguesa, la tranquilidad de los barrios residenciales de la clase media-alta, la sensación de que la vida no presenta ningún sobresalto y que todo está definido de antemano: nacer en una buena familia, educarse en los mejores colegios, encontrar un buen trabajo, casarse, formar una familia, criarla y jubilarse para jugar al golf con una pensión envidiable a los 55 años... Todo parece estar establecido desde la cuna hasta la tumba. Sin embargo también reniego de esa vida tranquila, me resulta demasiado aburrida, previsible, edulcorada y necesito sentirme vivo, para lo bueno y para lo malo, porque siento que la vida es más intensa que pasar el fin de semana de tiendas por Serrano, de copas por el barrio de Salamanca o en la Ópera en el Teatro Real. Me muevo entre estos dos mundos, a veces con destreza, en ocasiones más forzado, y me siento como el protagonista de "Lobo estepario", la novela de Hermann Hesse, oscilando entre la figura del hombre, del burgués respetable y educado y la bestia, la brutalidad pero también la frescura, la espontaneidad y la vida. El margen se estrecha, cada vez más. Las posibilidades del lobo estepario de salir a la luz son cada vez menores y las exigencias de la vida burguesa, de la hipoteca que en breve sacudirá mensualmente mi cuenta corriente hacen que mi vida se vaya plegando poco a poco a un esquema de vida cuadriculado sin pocas posibilidades de escape, la jaula que encierra al lobo se estrecha y sus barrotes son cada vez más fuertes y la única posibilidad que tiene el lobo de volver a ser el animal libre y salvaje de un día es aullar, aullar lo más fuerte posible para que me no me olvide de él, para que sepa que sigue ahí, esperando el día que decida dar vía libre de nuevo a esa bestia salvaje llena de odio y rencor por los años de encierro, dispuesta a devorar al hombre que el encerró durante tanto tiempo, al burgués irreductible que por ahora se conforma con sonreír consciente de su triunfo. Te sigo escuchando, hermano lobo, aunque muchas veces prefiera olvidar tus gritos y tus aullidos

4 comentarios:

Borderliz dijo...

¿será suicidio dejar libre al lobo que llevamos dentro?

No sabes lo identificada que me sentí con esas letras que a ratos se confundían con las mías.

Luar dijo...

Lo importante de todo es que tengas el corazón sencillo,que no te lo coman los cocodrilos ni lo pisoteen los caballos, y que no des de lado a los que no disfrutan de las cosas que puedes disfrutar tú. Yo no te veo burgués (aunque a veces puedas serlo), no me haces sentir incómodo, y me gusta charlar contigo porque eres somos antíteticos y por eso, tal vez, complementarios.

El llanero solitario dijo...

Creo que sencillamente soltar al lobo es sentirnos libres de todo, de nuestras ataduras más pesadas, Porque aunque reducido hay todavía en la vida margen para la locura de un lobo suelto en la ciudad...

Anónimo dijo...

Hola enano burgués, je je. Yo siempre he pensado que llegarás muy lejos. Eres un tío muy inteligente,y por eso estás donde estás y por eso te valoran como te valoran en el curro. Llegarás muy lejos a nivel laboral, eso seguro. Tú vete viendo lo que te hace feliz. Siempre te he visto un poco pijín,je je, pero es parte de tu encanto. Lo importante es que eres una persona con los pies en la tierra, sí, quizás como dices porque te lo has currado y no te viene de cuna. Nunca serás un "nuevo rico". No va contigo. Eres demasiado inteligente como para eso. Oye, tampoco te creas todo lo que te estoy diciendo, no sea que se te vaya a subir ahora a la cabeza y la cagemos...un abrazo "pequeño burgués", jaime