26 de febrero de 2006
Porque el amor cuando no muere mata
Porque amores que mata nunca mueren
Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes.
Así dice la letra de la canción de Sabina que versiona aflamencada Niña Pastori. En definitiva, un canto a la pasión del comienzo, al amor que no se deteriora con la rutina y con el paso del tiempo. Al fin y al cabo el amor nace con fecha de caducidad, esos dos años que de media dicen los científicos que dura. Supongo que luego el cariño, los recuerdos e historias compartidas sustituyen esa pasión del principio aunque lo digo desde la suposición del que no ha logrado que una relación supere los 9 meses y no puedo evitar decirlo con cierta amargura. A mi edad empiezo a vivir cada ruptura como un nuevo fracaso y aunque siempre logro convencerme de que la culpa no es mía, ni siquiera en muchos casos de la otra parte sino que se trata de la suerte, del destino, del azar que nunca me ha acompañado en mi vida sentimental como sí quizás lo haya hecho en mi vida profesional empiezo a estar cansado de esta montaña rusa sentimental que es mi vida, de esas subidas y bajadas continuas y anhelo, al contrario que en esta canción, esos momentos de rutina, de estabilidad aparentemente feliz que veo y percibo en mi alrededor, en relaciones estabilizadas tras años de vida en común. Nunca he llegado a esa situación de tranquilidad aparente. Siempre he sentido cuando he estado emparejado que vivía en un delicado equilibrio, que lo que estábamos construyendo se sostenía sobre pies de barro y cuando todo se ha desmoronado como un castillo de naipes sólo he sentido que se confirmaban mis peores augurios. Quizás por eso deseo aquello que no tengo aunque sienta que mucha gente envidia la libertad de la que gozo, la tranquilidad de saber que cuando me plantean algún plan no tengo la necesidad de consultarlo con nadie ni que tengo que andar en una negociación continua para tomar cualquier decisión que se me plantee en la vida. Quizás uno se acomoda a eso, a no tener que rendir cuentas a nadie y me asusta convertirme en un bicho raro, maniático, celoso de mi libertad y de mi espacio e incapaz de ceder, de compartir, de darme a los demás sin sentir que me prostituyo y que acabo cediendo demasiado, vendiendo mi alma al diablo de un amor imposible que siempre se queda por debajo de mis expectativas. Y en cuatro meses viviré solo en una casa que decoraré a mi gusto y al miedo de sentirme solo se añade la sensación de que en ese espacio pequeño que será mi hogar no habrá sitio para nadie más, que lo que hasta ahora era mi cuarto, ese espacio sagrado en el que no me gusta que nadie revuelva, y de eso sabe bastante mi madre y mis hermanos que me aguantaron durante más de 25 años, se va a prolongar a los casi 40 metros del apartamento al que en breve me mudaré y en el que tengo previsto quedarme durante al menos otros 10 años. Ese será mi santuario, probablemente el templo en el que adorar al becerro de oro de la soledad hasta que aparezca ese Mesías al que todos buscamos, ese alguien que acabe con el culto a la falsa deidad y me devuelva la fe y la confianza para creer que todavía hay tiempo, que no es demasiado tarde y que aún soy capaz de entregarme de lleno cuando creo que merece la pena, que aún puedo confiar, compartir y especialmente lanzarme a la aventura de con-vivir (y lo pongo con guión porque sólo así transmite plenamente lo que significa para mí)
21 de febrero de 2006
Ella...
Releyendo el otro día mails antiguos en el trabajo, y es que he de reconocer que últimamente me cuesta encontrar cosas que hacer en el horario laboral y estoy bastante tranquilo, demasiado quizás, no pude evitar ponerme a leer toda la correspondencia, tan extensa por otro lado, que mantuvimos los dos desde finales de octubre, tanto mis mails desesperados por una nueva derrota en el plano sentimental como sus respuestas de aliento, de apoyo e incluso de cierto cabreo cuando hundido me dejaba llevar por mi amargura echándome las culpas de un final del que afortunadamente ya no me siento responsable. Como siempre, allí estaba ella sacando minutos de un tiempo que no tiene para hacerme sentir mejor, para darme fuerzas, para consolarme en la derrota y para brindarme su mano pese a la distancia. Los kilómetros no son nada cuando se han compartido tantos momentos en torno a una taza de café. Hace más de 10 años que la conozco, aún recuerdo nuestros titubeantes comienzos, adolescentes los dos aunque ella demostraba contar con cinco años de madurez mental más que yo (años que aún dudo haya podido alcanzar pese al tiempo transcurrido). Yo intentaba ser el gracioso, el simpático, supongo que para destacar o para alejar el pesado fardo de la niñez y entrar por la puerta grande en el mundo adulto, en realidad porque soy así, un payaso, un bocazas, que le voy a hacer, hay cosas difíciles de cambiar. Sé que le caí mal desde el principio y así me lo hizo notar pero la suerte, el destino y que sé yo hizo que coincidiéramos 3 años seguidos en la misma clase y tuviésemos el mismo grupo de amigos. Durante esos 3 años apenas nos vimos fuera de clase, los exámenes, los recreos, las excursiones, esos fueron los momentos que compartimos dentro de un grupo muy numeroso. Tuve que marcharme a Madrid a vivir y que más de 600 kilómetros nos separasen para que entre nosotros empezase a surgir la complicidad y fuesen brotando poco a poco las confidencias de una historia que se mantenía en suspenso durante el tiempo que estábamos lejos, sólo mantenida por algunas cartas y algunos e-mails, pero que volvía a retomarse desde el punto y aparte donde lo dejamos la última vez, en realidad un punto casi seguido porque apenas se notaba que habíamos dejado la conversación en suspenso durante tres, cuatro o incluso cinco meses y el discurso brotaba de nuevo fluido y locuaz. Aún recuerdo cuando le conté lo que tanto me había costado admitir, cómo decirlo, que no soy como todos esperan, que si me dan a elegir entre la carne y el pescado me quedo con lo que escoge la minoría (nunca he sabido que es la carne y que es el pescado exactamente) y todavía recuerdo como se reprochó el no haberse dado cuenta antes por ella misma, sentía que se había defraudado como amiga cuando la realidad es que ni yo mismo me di cuenta de una verdad que me negaba a mi mismo hasta que decidí dar el paso y experimentar para ver si todo lo que sentía estaba ahí presente de verdad. Supongo que aquello nos unió aún más. Fueron las largas caminatas a la playa en muchos veranos pasados en Vigo, los cafés en medio de las fiestas navideñas, las conversaciones en su portal, remoloneando una separación que se nos hacía dura porque éramos conscientes de que tardaríamos meses hasta volvernos a ver, ese portal al que la acompañaba siempre para que no sintiese miedo y se sintiese protegida los que han ido tejiendo poco a poco una red de historias, pequeños guiños y confidencias que hoy son la base de una gran amistad. La he visto crecer, experimentar en el amor hasta darse de bruces con un hombre que la ha convencido lo suficiente como para dar el tremendo paso del matrimonio aunque siempre pensé que nunca la vería encontrar a alguien que la satisfaciese lo suficiente. La he visto hacerse una mujer de rompe y rasga, fuerte, inteligente, hermosa, carismática y lo más importante bella por dentro, con una belleza radiante y pura, siempre íntegra y sacrificada. Supongo y espero que ella haya notado algún cambio en mí, que se haya percatado de que en algo he madurado y que, aunque poco, he crecido como persona a la sombra de lo que ella representa, un modelo para mi en tantas cosas. Fue ella la que me hizo ver la importancia de la educación, de las normas sociales de las que me reía en un intento de ser un provocador y en cierto modo de hacerla rabiar. Ahora ya dejo pasar a las mujeres delante de mí cuando abro una puerta y muchas veces cuando lo hago no puedo evitar acordarme de ella. Son tantas las cosas que tendría que agradecerle pero me limitaré a decirle gracias por estar ahí cuando la he necesitado y por ayudarme a esforzarme en ser mejor persona.
30 de enero de 2006
El poder del miedo
Inevitable. Así resumiría yo el que en las fechas que corren me ponga a escribir acerca de la película del momento, la que está en boca de todos, "Brokeback Mountain". Hasta ahora había llorado en un par de ocasiones en el cine o viendo una película en televisión. Incluso lo agradecía, me servía de catarsis para eliminar las tensiones de muchas emociones contenidas por alguien al que le educaron en una sociedad que establecía como premisa que los hombres no lloran. Aunque lo haya superado, de hecho no me da vergüenza reconocer que lloro y más últimamente que me emociono con mucha facilidad, todavía sigue resultándome complicado llorar en público, me disgusta la imagen de vulnerabilidad que produce en los demás ver a un hombre de casi 30 años y 1 metro 90 de estatura sollozando en público así que me contengo. Sin embargo viendo esta película apenas lloré, lo pasé peor en "Mar Adentro", aún recuerdo como no paré de sollozar en casi toda la película y pese que ya le he visto unas tres veces aún sigo llorando cada vez que la vuelvo a ver. Sin embargo de "Mar Adentro" salí del cine relajado y en dos minutos olvidé la amargura del final para reírme otra vez. Supongo que cuesta mucho ponerse en la piel de un tetrapléjiclo que lleva atado a la cama más de 20 años. Sientes pena, lástima incluso por verle así y lloras por la pérdida de alguien tan lúcido, tan coherente y tan consistente en sus pensamientos en una época en la que relativismo parece estar de moda. Pero en "Brokeback Mountain" es distinto. La imagen de un Jake Gyllenhaal ya maduro, a la orilla del río donde tantas veces ha quedado con Heath Ledger, el rubio fornido, el hombre de su vida, el único que le ha hecho feliz, recriminándole la falta de atención y de tiempo en los 20 años que han estado viéndose a escondidas me pareció terrible, inasumible por alguien que todavía tiene muy reciente la herida de la falta de atenciones de mi último intento por fraguar una relación de pareja. Supongo que al menos me queda el consuelo de no haber tenido que aguantar años para llegar a esa situación pero lo cierto es que salí del cine deprimido, hundido completamente por una triste historia de amor en la que me reconocía demasiado. Afortunadamente algunas cosas han cambiado con el tiempo y aunque no lo defienda el hedonismo domina nuestras vidas. Conscientes de la fugacidad de todo en la vida, de que ya nada dura para siempre, ni el trabajo es de por vida, ni los amigos que mantienes son siempre los de la infancia y que la pareja parece nacer también con una fecha de caducidad dada y el que "hasta que la muerte os separe" muy pocas veces se cumple, buscamos el placer inmediato, la recompensa hoy y ahora y un futuro prometedor ya no significa nada si no viene acompañado de un placer a corto o medio plazo. La caída de la religión como forma de vida así lo confirma, muy pocos se sacrifican siendo católicos activos para alcanzar un supuesto reino de los cielos que aparece muy lejano, especialmente cuando se es joven, y sin embargo sí se identifican con alguno de sus valores. Yo tampoco le pude esperar, consciente de que quizás iba a sacrificar mi juventud, la poca que me queda, sin apenas verle para seguir construyendo a base de recuerdos una supuesta relación en el futuro, me asusté. Tampoco él fue capaz de dejar apartados sus planes de futuro para prestarme más atención, para dedicarme el tiempo que yo necesitaba y que merecía. El miedo a sacrificar nuestras vidas por el otro y que al final todo se evaporase en el aire o se derrumbase como un castillo de naipes sin nada a lo que asirnos nos pudo demasiado. El miedo es un arma muy poderosa. A Heath le pudo el miedo también, el miedo a lanzarse a una relación que nadie iba a ver con buenos ojos, a que pusieran en duda su virilidad, a que le ridiculizasen. La relación con un hombre era algo que nunca pudo asumir y sólo al final, cuando ve que todo está perdido, que ya no hay nada que hacer, parece darse cuenta de lo que Jake ha significado y significará en su vida y deja intuir que la soledad será a partir entonces su única compañera. El duro cowboy, incapaz de mostrar sus sentimientos, el hombre callado y reservado se deja morir en vida para revivir sólo en el recuerdo una felicidad que ha perdido para siempre y que vinculará de por siempre a esas hermosas montañas nevadas de Brokeback. Yo también he sido de los que siempre anteponen otros objetivos por encima del amor pensando que quizás este era el objetivo más fácil y que construir una relación de pareja larga y duradera sólo era cuestión de proponérselo. Mis estudios, el trabajo, mis amigos... siempre habían estado por encima del amor y sólo en los últimos años me he dado cuenta de que cuan equivocado estaba y de que ya va siendo hora de establecer nuevas prioridades en la vida. Al menos me he dado cuenta a tiempo, al pobre Heath la vida no le dio la oportunidad de arrepentirse y todo llegó demasiado tarde.
24 de enero de 2006
Cosas que hacen que la vida merezca la pena
La película pasó por la cartelera sin pena ni gloria. Una película más, española para más señas, sin mucha publicidad y sin apenas visibilidad más que en algunos cines de la Gran Vía. Ya entonces me quedé con ganas de verla. Gómez Pereira de director y Ana Belén como su musa eran buenas razones para acercarse al cine a verla, siempre me ha enamorado "El amor perjudica seriamente la salud" y me encandila el papel que tanto Ana Belén como Penélope Cruz recrean en la pantalla. Se me pasó, como tantos otros estrenos que se van de las carteleras en semanas sin que haya encontrado un hueco para verla. Viajando a Nueva York donde hacía escala camino de Puerto Rico me encontré una de las canciones de su banda sonora en la pantalla individual, esa que ofrece Iberia a los pasajeros de la clase business para manejarte por sus películas y contenidos. La canción llevaba el mismo título que la película así que la puse. Desde el primer acorde, desde la primera vez que la voz de Pasión Vega sonó me enamoré irremediablemente de la canción. Una canción optimista, vital, justo lo que necesitaba pensé. Así que cuando volví a Madrid me la descargué. Esa canción me ha acompañado estos meses como un himno en el MP3 y aunque a medida que recuperaba la sonrisa la he dejado algo de lado, apartada por otros éxitos musicales le debo mucho. Como a la canción de Bebe "Ella", otro canto al optimismo que tanto me ayudó en el pasado, justo cuando necesitaba sentir que detrás del amargor de un final no buscado se abría otra puerta a la esperanza. El sábado buscando una película que regalar a mi amiga Rut en la sección de cine español de El Corte Inglés, una española a la que no tenga fácil acceso en París donde vive me topé de bruces con el DVD de la película. 5 euros costaba, menos que el cine así que no lo dudé y la compré. Ayer acabé de verla. Es muy distinta a "El amor perjudica seriamente la salud", Ana Belén sale estupenda como siempre pero ya no es ese personaje luchador, cegado por la ambición del dinero y la fama, se la ve derrotada, vencida por un divorcio y una soledad que la carcome por dentro hasta que se cruza en su vida un Eduard Fernandez en el paro, un fracasado en el sentido más puro de la palabra y le devuelve la esperanza. Dos seres vencidos que deciden dar una oportunidad más a la vida. Como dice la protagonista al final de la película, la búsqueda de pareja a cierta edad es como buscar un jersey en un almacén lleno de saldos, todo parece horrible hasta que encuentras algo que aunque a simple vista parece también desastroso y sin embargo te sienta como un guante. Supongo que de eso se trata, el mundo está lleno de fantasmas muertos en vida en búsqueda de alguien que nos haga sentir de nuevo vivos. Como en otra películaa (tengo demasiadas referencias cinematográficas, lo sé) que vi el viernes de vuelta de Sevilla en el Ave. "Antes del anochecer", segunda parte de la famosa y aclamada "Antes del amanecer". De nuevo los mismo personajes, de nuevo una capital europea, en este caso un París radiante en un día soleado de primavera, de nuevo el diálogo como excusa pero los personajes ya no son los mismos, parecen sombras de lo que fueron, melancólicos, nostálgicos de una inocencia perdida con el devenir de los años y de la acumulación de fracasos y de sueños incumplidos. Me gusta cuando ella reconoce ser consciente de que cada ruptura sentimental es un paso más que le acerca al abismo de la soledad, que a medida que crecemos resulta más difícil encontrar alguien con el que conectar y por eso se contenta con una relación en la distancia, una relación que le deja tiempo para sentirse libre e independiente pero que no la llena ni la satisface del todo. Ya no vivimos las rupturas como un siga probando de una tómbola del amor sino como una oportunidad perdida, una más de las pocas que se dignan ya a aparecer en estos años de madurez. Porque no sabremos a ciencia cierta que buscamos pero sí somos conscientes de lo que no queremos. Y en eso debe consistir madurar. Desde luego si madurar es perder la sonrisa porque nos damos cuenta de que la vida va en serio como dice Ana Belén en la película que titula esta entrada en mi blog prefiero seguir siendo un niño toda mi vida para seguir riéndome de todo, de mi mismo el primero. Pena que sea demasiado tarde. Para no resultar demasiado pesimista acabaré con la verdad más grande que el cine ha contado y sé que puede sonar ridícula. Sucede en "Notting Hill" cuando Julia Roberts entra en la tienda de Hugh Grant a pedirle una segunda oportunidad despuÉs de haberle hecho la vida imposible. Hugh se niega porque está harto de no ser nunca lo suficiente para ella, una gran actriz del star system de Hollywood y ella, con la mirada vidriosa a punto del llanto le dice que al fin y al cabo en el fondo es sólo una mujer y como toda mujer lo único que desea es que la quieran. Como todos. Gran verdad. ¿Por qué nos empeñamos en hacerlo todo tan difícil? ¿Alguien lo sabe? Yo no tengo la respuesta y me temo que es inútil buscarla.
13 de enero de 2006
El herpes
Los granos salieron sin avisar y empezaron a picar con bastante insistencia así que no tuve más remedio que rascarme con tanta fuerza que empecé a sangrar. Como no dejaba de molestar fui a pedir cita al médico y mientras esperaba fui a una farmacia a pedir una pomada. Cuando le enseñé al farmacéutico el hinchazón que tanto me preocupaba me diagnosticó lo que me temía, era un herpes y me dijo que fuera a urgencias ya que podía crecer y era muy doloroso. Llamé a mi madre para decírselo y me dijo que el herpes se desarrollaba cuando se estaba bajo de defensas y que era normal dado mi estado de ánimo de los últimos tiempos. Pensar que el decaimiento de los últimos tiempos, que la falta de ilusión de estos dos meses había afectado a mi salud física fue demasiado, mientras esperaba en urgencias del centro de salud más cercano no pude reprimir el llanto. Un llanto inevitable porque me reconocía débil y vulnerable como jamás me había visto en la vida. No me gusta ocultar el dolor, soy los que necesitan darlo a conocer para poder librarme de los demonios que me consumen por dentro pero nunca mi salud física se había visto amenazada por algo que en principio sólo debería haber afectado a mi estado emocional. Me resulta imposible describir la rabia que sentí porque siempre me he considerado lo suficientemente fuerte para hacer frente a todas las adversidades de la vida. Sé que tampoco he tenido grandes dramas que lo hayan puesta a prueba e incluso me puedo considerar afortunado pero hasta ahora había logrado salir adelante sin grandes complicaciones. La fortaleza que me empeño en mostrar no deja de ser una fachada y lo sé. Intento hacer creer que lo que los demás dicen o hacen no me afecta porque soy lo suficientemente seguro de mí mismo como para no dar marcha atrás si estoy convencido de mis actos. Sé que mi inseguridad está siempre ahí, amenazante y dispuesta a mostrar sus garras en los momentos más inoportunos, pero nunca había sentido que una persona podía afectarme tanto en la vida. Cegado de ira borré del móvil sus dos números para no tener que volver en encontrármelo cuando buscaba el teléfono de alguno de mis amigos cuyo nombre empieza por "j" y me juré a mi mismo que nunca más volvería a hacerme daño, que se había acabado, que era la última vez... La doctora me tranquilizó, me dijo que el herpes estaba en proceso de curación porque era una persona joven y fuerte y me dijo que sólo me correspondía esperar a que pasase. Incluso comentó que era un mito el que la razón de la enfermedad fueran las bajas defensas así pensé que quizás me había precipitado en mis conclusiones. En cualquier caso va siendo hora de pasar página, de olvidar, de dejar que una foto suya, como la de la boda a la que fuimos juntos este verano me afectase y me recordase tiempos mejores, aquellos vividos a su lado, como ocurrió hace menos de una semana. Pura limosna sentimental fue lo que tuve a su lado pero al menos algo que llevarse a la boca en estos tiempos de ayuno después de unas Navidades tristes que se me han hecho duras sin un mensaje, sin una llamada suya que avive la llama de la esperanza de la reconciliación. Una llama que un virus, el del herpes, ha apagado definitivamente. Al fin, ya iba siendo hora...
6 de diciembre de 2005
Caprichos del destino
Mientras observo sin demasiada atención la película que hoy echan en la TV "Caprichos del destino", la historia de un hombre y una mujer que descubren por un accidente aéreo que sus respectivas parejas, ya muertas, le eran infieles no puedo evitar recordar lo acontecido en los últimos días. Nada que ver con mis circunstancias, pero el título me resulta extrañamente evocador. ¿Es el destino el que gobierna nuestros días? Si es así porque se empeña en que me encuentre con seres excepcionales, con gente por la que estaría dispuesto a pasar, sino toda, gran parte de mi vida y que el momento, las circunstancias sean las que se empeñen en estropearlo todo. Pero lo más triste sucede después de pasar un tiempo, necesario para superar una ruptura, porque es entonces cuando algunos de ellos advierten que han cometido más de un error, que se precipitaron, que me echan de menos, que tienen que recuperarme de algún modo cuando en muchos casos es demasiado tarde. Su recuerdo aparece ya emborronado, los sentimientos se mezclan con otros más recientes que han ido arrinconando y relegando a un pequeño espacio lo que un día fue el centro de mi pequeño universo particular y mirar al pasado es como ver una película en la que ya no te reconoces y simplemente pareces un actor interpretando un papel que alguna otra persona escribió. No se trata de rencor, ya les he perdonado, si es que había algo que perdonar, sino lo haré cuando el tiempo pase lo suficiente como para que mis heridas cicatricen, puede que no completamente pero sí lo suficiente para que olvide que están ahí, recordando el pasado que fue nuestro y que ahora no pertenece a nadie, perdido en el olvido de los recuerdos que nadie busca o en la amargura de los recuerdos que todavía despiertan punzadas en esas cicatrices que creemos curadas pero que no lo están y lo más triste, nunca estarán del todo. Ayer volví a sentir que podía empezar de nuevo, que nada hubiera resultado más sencillo que dejarme llevar para acabar en una cama ajena soñando que el año y medio que habíamos estado separados no había sido más que un paréntesis y que incluso la relación que tenía hasta hace un mes y medio y que resultó en muchos aspectos catastrófica no era más que la confirmación de que teníamos que intentarlo de nuevo pero no fui capaz. Volví a casa sólo, a una cama que me resulta enorme, al frío de una habitación que el invierno se empeña en invadir por una ventana que no cierra bien, a una Navidad cada vez más cercana sin nadie al que regalar ese regalo que buscar con profusión sólo para ver esos ojos brillar de alegría, de emoción, de felicidad... Espero que no por mucho tiempo
4 de diciembre de 2005
El reposo del guerrero
Este fin de semana que hoy acaba ha resultado un poco extraño, el primero en el que he tomado realmente conciencia de que estoy solo, de que la relación que se acabó hace un mes y medio no tiene vuelta de hoja y que comienza la larga travesía del desierto hasta que vuelva a sentir por alguien algo que me haga merecer la pena volver a intentarlo, volver a arriesgarme, apostar y dejarme la piel para volver a enamorarme. Ahora toca curar las heridas, el reposo del guerrero como yo le llamo, y siento utilizar términos tan belicistas pero es que a veces tengo la impresión que las relaciones amorosas más que lo que las películas románticas de Hollywood se empeñan en mostrar parecen un campo de batalla en el que todos luchamos por salir ilesos, indemnes de los celos, los reproches, los engaños, las palabras vacías y las promesas incumplidas que siembran esos momentos de amor. Supongo que también hay cariño, amor, comprensión, tolerancia, respeto, apoyo mutuo... pero cuando todo eso se acaba sólo queda el amargor del final, un final que resulta especialmente triste porque supone un tremendo vacío. El vacío de un móvil que no suena, de ese lado de la cama tremendamente frío y extraño que es ahora todo para mi, de esas fotos de las vacaciones pasadas juntos que te trasladan a un tiempo que pese a su cercanía resulta demasiado lejano y doloroso y de esa imagen de su sonrisa, de su mirada grabada en mi mente y que ya no es más que un recuerdo que me persigue a todas horas. Todo eso es lo que tengo que empezar a borrar, muy lentamente, esas son las heridas que el guerrero tiene que curar para volver a la lucha, para enfrentarse de nuevo a los miedos y los recelos de una nueva relación y al menos hacerlo en mejores condiciones, con la piel más curtida en las mil y una batallas de la vida, intentando no haber perdido en el camino la ilusión, la esperanza, la confianza en los demás y en uno mismo, ingredientes sin los cuales la derrota está asegurada. Porque lo cierto es que si de algo estoy convencido es que alcanzar la victoria y conseguir saborear las mieles del éxito ha de ser una de las mejores experiencias que esta vida ha de depararnos y por ello seguiremos luchando.
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